Narraciones |
![]()
Un Maestro
de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia.
Su reputación era tal en la región que nadie podía
competir con el. Los demás profesores de artes marciales se encontraban
sin discípulos. Un joven experto que había decidido establecerse
y enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar a
este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado. El experto
se presento en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta
y le pregunto que deseaba. El joven anunció sin dudar su intención.
El anciano, visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era
un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible. El experto,
con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza,
cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo
la partió en dos. El anciano permaneció imperturbable. El
visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando
con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades.
El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció. Poco
tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú
en la mano. Se lo dio al joven y le dijo: - El
Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes
de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no
es capaz de hacer lo mismo. El joven
presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que
había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció,
exhausto y con los miembros doloridos. Dijo que ningún hombre podía
romper ese bambú con la mano desnuda. El anciano replicó
que el Maestro podía hacerlo. Aconsejo al visitante que abandonara
su proyecto hasta el momento que fuera capaz de hacer lo mismo. Abrumado,
el experto juró volver y superar la prueba. Durante
dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes.
Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día.
Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de
nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido por
el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos bambúes
de la prueba y no tardo en calarlo entre dos piedras. Se concentró
durante algunos segundos, levanto la mano y lanzando un terrible grito
rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción
en los labios se volvió hacía el frágil anciano. Este
le declaró un poco molesto: - Decididamente
soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el Maestro
rompe el bambú... sin tocarlo. El joven,
fuera de si, contesto que no creía en las promesas de este Maestro
cuya simple existencia no había podido verificar. En ese
momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una
cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente,
sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que
surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que
su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros
del bambú... que saltó en pedazos. Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder decir un palabra, estaba petrificado. Por último pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo. Tajima
no kami paseabas por su jardín una hermosa tarde de primavera. Parecía
completamente absorto en la contemplación de los cerezos al sol.
A algunos pasos detrás de él, un joven servidor le seguía
llevando su sable. Una idea atravesó el espíritu del joven: "A pesar
de toda la habilidad de mi Maestro en el manejo del sable, en este momento
sería fácil atacarle por detrás, ahora que parece
tan fascinado con las flores del cerezo". En ese
preciso instante, Tajima no kami se volvió y comenzó a buscar
algo alrededor de sí, como si quisiera descubrir a alguien que se
hubiera escondido. Inquieto, se puso a escudriñar todos los rincones
del jardín. Al no encontrar a nadie, se retiró a su habitación
muy preocupado. El servidor acabó por preguntarle si se encontraba
bien y si d4eseaba algo. Tajima respondió: - Estoy
profundamente turbado por un incidente extraño que no puedo explicarme.
Gracias a mi larga práctica de las artes marciales, puedo presentir
cualquier pensamiento agresivo contra mí. Justamente cuando estaba
en el jardín me ha sucedido esto. Pero a parte de ti no había
nadie, ni siquiera un perro. Estoy descontento con migo mismo ya que no
puedo justificar mi percepción. El joven
servidor, después de saber esto, se acercó al Maestro y le
confeso la idea que había tenido, cuando se encontraba detrás
de él. Humildemente le pidió perdón. Tajima
no kami se sintió aliviado y satisfecho, y volvió al jardín.
Bokuden,
gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega.
Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel
que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó
una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de
una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que
entrará en la habitación. Tranquilamente
sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a
su hijo mayor. Cuando este se encontró delante de la puerta, se
detuvo en seco. Después de haberla entreabierto cogió el
vaso antes de entra. Entró cerró detrás de él,
volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludo a
los Maestros. - Este
es mi hijo mayor - dijo Bokuden sonriendo -, ya ha alcanzado un buen nivel
y va camino de convertirse en Maestro. A continuación
llamó a su segundo hijo. Este deslizo la puerta y comenzó
a entrar. Esquivando por los pelos el jarro que estuvo a punto de caerle
sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo. - Este
es mi segundo hijo - explicó al invitado -, aún le queda
un largo camino que recorrer. El tercero
entro precipitadamente y el jarro le cayo pesadamente sobre el cuello pero
antes de que tocara el suelo, desenvaino su sable y lo partió en
dos. - Y este - respondió el Maestro - es mi hijo menor. ES la vergüenza de la familia pero aún es joven.
Ito
Ittosai, incluso después de haberse convertido en un experto y en
un profesor famoso en el arte del sabe, no estaba satisfecho de su nivel.
A pesar de sus esfuerzos, tenía conciencia de que desde hacia algún
tiempo no conseguía progresar. En efecto, los sutras cuentan que
el Buda se sentó bajo una higuera para meditar con la firme resolución
de no moverse hasta que no recibiera la comprensión última
de la existencia del Universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes
que renunciar, el Buda realizó su voto: despertó la Suprema
Verdad. Ito
Ittosai se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto
del arte del sable. Durante 7 días y 7 noches estuvo consagrado
a la meditación. Al alba
del octavo día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber
algo más se resigno a volver a su casa, abandonando toda esperanza
de penetrar el famoso secreto. Después
de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles.
Cuando apenas había dado unos pasos, sintió de pronto una
presencia amenazante detrás de él y sin reflexionar se volvió
al mismo tiempo que desenvainaba el sable. Entonces se dio cuenta que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.
"El
sable es el alma del Samurai", nos dice una de las más antiguas
máximas del Bushidô, la Vía del guerrero. Símbolo
de virilidad, lealtad y coraje, el sable es el arma favorita del Samurai.
Pero el sable, en la tradición japonesa, es algo más que
un instrumento terrible, algo mas que un símbolo filosófico.
Es un arma mágica. Arma que puede ser benéfica o maléfica,
según la personalidad del forjador y del propietario. El sable
es la prolongación de los que los manipulan, se impregna misteriosamente
de las vibraciones que manan de sus seres. Los
antiguos japoneses, inspirados por la antigua religión Shinto, conciben
la fabricación del sable como un trabajo de alquimia en el que la
armonía interior del forjador es más importante que sus capacidades
técnicas. Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios
días meditando después se purificaba practicando abluciones
de agua fría. Una vez vestido con hábitos blancos ponía
manos a la obra, en las mejores condiciones interiores para crear un arma
de calidad. Masamune
y Muramas eran dos hábiles armeros que vivieron al comienzo del
siglo XIV. Los dos fabricaban unos sables de gran calidad. Murasama, de
carácter violento, era un personaje taciturno e inquieto. Tenía
la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban
a sus propietarios a entablar combates sangrientos o que, a veces, herían
a los que las manipulaban. Sus armas sedientas de sangre rápidamente
tomaron famas de maléficas. Por el contrario, Masamune era un forjador
de una gran serenidad que practicaba el ritual de la purificación
para forjar sus hojas. Aún hoy día son consideradas como
las mejores del país. Un hombre
que quería averiguar la diferencia de calidad que existía
entre ambas formas de fabricación, introdujo un sable de Murasama
en la corriente del agua. Cada hoja que derivaba en la corriente y que
tocaba la hoja fue cortada en dos. A continuación introdujo un sable
fabricado por Masamune. Las hojas evitaban el sable. Ninguna de ellas fue
cortada se deslizaban intactas bordeando el filo como si éstas no
quisiera hacerles daño. El hombre dio entonces su veredicto: - La Murasama es terrible, la Masamune es humana.
Yagyu
Tajima no Kami tenía un mono como mascota. Éste asistía
a menudo a los entrenamientos de los discípulos. Siendo por naturaleza
extremadamente imitador, este mono aprendió la manera de coger un
sable y de utilizarlo. Se había convertido en un experto, en su
género. Un día,
un Ronin (Guerrero errante) expresó su deseo amistoso de confrontar
su habilidad en el manejo de la lanza con Tajima. El Maestro le sugirió
que combatiera primero con el mono. El visitante se sintió amargamente
humillado. Pero el encuentro tuvo lugar. Armado
con su lanza, el Ronin atacó rápidamente al mono que manejaba
un shinai (sable de bambú). El animal evitó ágilmente
los golpes de la lanza. Pasando al contraataque, el mono consiguió
acercarse a su adversario y golpearlo. El Ronin retrocedió y puso
su arma en una guardia defensiva. Aprovechando la ocasión, el mono
saltó sobre el mango de la lanza y desarmó al hombre. Cuando
el Ronin volvió avergonzado a ver a Tajima éste le hizo la
siguiente observación: -
Desde el principio sabía que usted no era capaz de vencer al mono. El Ronin
dejó de visitar al Maestro desde ese día. Habían pasado
varios meses cuando apareció de nuevo. Volvió a expresar
su deseo de combatir con el mono. El Maestro, adivinando que el Ronin se
había entrenado intensamente, presintió que el mono se negaría
a combatir. Por lo tanto no acepto la petición de su visitante. Pero
este insistió y el Maestro acabó por ceder. En el
mismo instante en el que el mono se puso frente al hombre, arrojo su sable
y emprendió la huida gritando. Tajima
no Kami terminó por concluir: -
¿No se lo dije? Poco tiempo después, gracias a su recomendación, el Ronin entró al servicio de uno de sus amigos.
Matajuro
Yagyu, hijo de un celebre Maestro del sable, fue renegado por su padre
quien creía que el trabajo de su hijo era demasiado mediocre para
poder hacer de él un Maestro. Matajuro, que a pesar de todo había
decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte
Futara para encontrar al célebre Maestro Banzo. Pero Banzo confirmó
el juicio de su padre: -
No reúnes las condiciones. -
¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro
si trabajo duro? -
insistió el joven. -
El resto de tu vida - respondió Banzo. -
No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir
su enseñanza. ¿Cuánto tiempo me llevará si
trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma? -
¡Oh, tal vez diez años! -
Pero usted sabe que mi padre se esta haciendo viejo, pronto tendré
que cuidar de él. ¿Cuántos años hay que contar
si trabajo más intensamente? -
¡Oh, tal vez treinta años! -
¡Usted se burla de mi. Antes diez, ahora treinta. Créame,
haré todo lo que halla que hacer para dominar este arte en el menor
tiempo posible! -
¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años
conmigo! Un hombre que quiere obtener resultados tan deprisa no avanzará
rápidamente - explicó Banzo. -
Muy bien - declaró Matajuro, comprendió por fin que le reprochaba
su impaciencia - aceptó ser su servidor. El Maestro
le pidió a Matajuro que no hablara más de esgrima, ni que
tocara un sable, sino que lo sirviera, le preparara la comida, le arreglara
su habitación, que se ocupara del jardín, y todo esto sin
decir una palabra sobre el sable. Ni siquiera estaba autorizado a observar
el entrenamiento de los demás alumnos. Pasaron
tres años. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su
triste suerte, él, que aún no había tenido la posibilidad
de estudiar el arte al que había decidido consagrar su vida. Sin
embargo, un día, cuando hacía las faenas de la casa rumiando
sus tristes pensamientos, Banzo se deslizó detrás de él
en silencio y le dio un terrible bastonazo con el sable de madera (boken).
Al día siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el Maestro
le atacó de nuevo de una manera completamente inesperada. A partir
de ese día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra
los ataques por sorpresa de Banzo. Debía
estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no
probar el sable del Maestro. Aprendió tan rápidamente que
su concentración, su rapidez y una especie de sexto sentido, le
permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo, el Maestro le anunció
que ya no tenía nada más que enseñarle.
Yang
Lu Chan nació al comienzo del siglo XIX en el seno de una familia
de campesinos. Desde joven no tenía más que una pasión:
el Shuan-Shu, el arte del puño. Desde su infancia, frecuentó
asiduamente las escuelas de artes marciales de su provincia y muy pronto
alcanzo el rango de un experto de gran reputación. Pero los estilos
que había practicado hasta entonces no les satisfacían. Sabía
que desde la destrucción del monasterio de Shaolin, el arte del
puño había lentamente degenerado en un método de combate
que daba demasiada importancia a la técnica y a la fuerza muscular.
A pesar de su búsqueda por todos los rincones de su provincia, Ho
Pei, no conseguía encontrar un Maestro susceptible de enseñarle
un arte más profundo que le condujera a la Vía de la armonía. Su desesperación
llegó a su término cuando oyó hablar del Tai Chi Chuan,
arte que empezaba a ser popular en otra provincia, Honan. Abandonando
a sus padres y amigos, Yang emprendió un viaje a pie de más
de 800 km. para dirigirse a la patria del arte que deseaba estudiar. Aprovechando
un momento de oportunidad entró en los círculos cerrados
de practicantes de Taichi. En el curso de sus conversaciones con ellos,
un nombre volvía continuamente a su mente: el del Maestro Chen Chang
Hsiang. Este hombre pasaba por tener el "Kung Fu" más perfecto de
su época. Desgraciadamente enseñaba exclusivamente a los
miembros de su familia, en el más estricto secreto. Yang
pensaba que después de un viaje tan largo tenía que estudiar
con el mejor Maestro. Hábilmente consiguió interesar en casa
de la familia Chen como criado. De esta manera, cada día se las
arreglo para espiar secretamente el entrenamiento familiar bajo la guía
del patriarca. Cuidadosamente disimulado, observaba atentamente los movimientos,
bebía las palabras y los consejos del Maestro. Después, durante
la noche, cuando todo el mundo dormía, se ejercitaba en hacer lo
que había visto durante el día y pulía incansablemente
los encadenamientos de movimientos que había aprendido los días
precedentes. Su espionaje
continuó durante varios meses sin despertar sospecha... hasta que
un día fue descubierto. Inmediatamente fue conducido delante del
Maestro Chen. Se esperaba lo peor. En efecto, el anciano parecía
muy enfadado. El tono de su voz dejaba ver una cierta irritación. -
Y bien, joven, parece que has abusado de nuestra confianza. Usted se ha
introducido aquí con el único objetivo de espiar nuestra
enseñanza, ¿no es verdad?. -
Efectivamente - confesó Yang. -
No se aún lo que vamos ha hacer con Vd. Mientras tanto siento curiosidad
por ver que es lo que ha aprendido en tales condiciones. ¿Puede
usted hacerme una demostración?. Yang
ejecutó un encadenamiento con tal concentración y fluidez
que el anciano Chen quedó profundamente impresionado al ver un reflejo
tan fiel de su Arte. Pero se cuidó bien de manifestar su emoción
y durante un largo instante se quedó en silencio. Después
declaró: -
Sería estúpido dejarlo marchar con lo poco que conoce. Mancharía
la reputación de nuestra familia mostrando nuestro arte de una manera
tan incompleta. Mejor será que se quede aquí el tiempo necesario
para terminar el aprendizaje. ¡Pero
esta vez bajo mi dirección! Yang
permaneció aún varios años en la familia de Chen,
integrándose cada vez más profundamente en el Arte Supremo
del Tai Chi. Después de haber recibido la bendición de su
anciano Maestro, Yang volvió a su provincia natal. En Pekin, donde decidió instalarse para enseñar su arte, no tardó en ser conocido con el nombre del "insuperable". En efecto, a pesar de otros profesores y campeones jóvenes le desafiaron a menudo, nunca fue vencido. Sus combates contribuyeron a fortalecer la reputación del Tai Chi Chuan, sobre todo porque conseguía neutralizar a sus adversarios sin herirlos jamás.
El señor
Naoshige declaró un día a Shimomura Shoun, uno de sus más
viejos samurais: - La
fuerza y el vigor del joven Katsuchige son admirables para su edad. Cuando
lucha con sus compañeros vence incluso a los mayores que él. Para
Naoshige fue un placer organizar el encuentro que tuvo lugar esa misma
noche en el patio del castillo, en medio de un gran número de samurais.
Estos estaban impacientes por ver lo que le iba a suceder al viejo farsante
de Shoun. Desde
el comienzo del encuentro, el joven y poderoso Katsushige se precipitó
sobre su frágil adversario agarrándolo firmemente, decidido
a hacerlo picadillo. Shoun estuvo a punto de caer varias veces al suelo
y de rodar en el polvo. Sin embargo, ante la sorpresa general, cada vez
se restableció en el último momento. El joven, exasperado,
intentó dejarle caer de nuevo poniendo toda su fuerza en el empeño,
pero esta vez, Shoun aprovechó hábilmente su movimiento y
fue él quien desequilibró a Katsushige arrojándolo
al suelo. Después
de ayudar a su adversario semi-inconsciente a levantarse, se acercó
al señor Naoshige y le dijo: - sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse públicamente de sus defectos.
Jingaro
sentado confortablemente delante de la chimenea se encontraba rodeado por
sus juveniles nietos. Había servido en el Ejército del Emperador
por largos 20 años recibiendo los más altos honores por sus
meritorios servicios en los campos de batalla. Comenzó como simple
soldado hasta convertirse en sabio y respetado consejero no sólo
en asuntos militares sino de alta política. Ahora,
cargado de medallas y de años, pasaba las horas recordando su vida
y experiencias para sus traviesos nietos, los cuales se deleitaban al escuchar
las entretenidas historias, las cuales enriquecían su cultura y
conocimientos, claro está, a menudo interrumpían a su abuelo
consultándole acerca de tantas parábolas. Como el caso, cuando
uno de sus nietos exclamó... ¡Abuelo, no puedo comprender
el sentido!
El
anciano lo tomó afectuosamente, lo atrajo hacia sí y le acarició
su cabeza mientras le decía...
Los
niños soltaron la risa abriendo los ojos y exclamando:
Los
jóvenes asintieron con la cabeza.
El
silencio fue la respuesta. Sólo después de transcurrido un
tiempo, la voz de Hana se escuchó... "Yo creo que podría
sentir que estás cerca de nosotros, abuelo".
Los
otros niños empezaron a reírse, pero el anciano con un gesto
los detuvo.
Habían
transcurrido varios días de aquella conversación, cuando
Jingaro, sentado en su silla preferida reparaba una antigua arma; su pelo
gris y cara surcada de arrugas reflejaban los años de dura labor,
y aunque pasaba los 60, el viejo Samurai aún lucía el vigor
y la energía de hombres mucho más jóvenes.. Los quietos
pensamientos del anciano fueron de improviso interrumpidos por los gritos
de su nuera y los relinchos de numerosos caballos que se acercaban. -¡¡¿Qué
está sucediendo?, preguntó secamente el anciano... ¡Qué
pasa... pero qué es lo que ocurre?, inquiría una y otra vez.
Luego, dirigiendo la vista al patio, sólo vio oscuridad. De
pronto su nuera, gimiendo y llorando, entró al cuarto y llena de
angustia exclamó.
Jingaro
comprendió que la huida no era el camino correcto, reacciono como
había sido entrenado años atrás. Instintivamente tomó
su arma que colgaba en la pared. Luego se dirigió al exterior. Aún
en ese momento crucial, para el anciano fue un agrado tomar nuevamente
su arma (Kama-Hoz), de cuyo extremo pendía una cadena (Kusarigama).
Jingaro escuchó los lamentos de la familia de su hijo y la terrible
risa de los bandidos. El cielo estaba oscuro y caminó rápidamente
al centro del patio. De inmediato voces a su alrededor cesaron y todos
dirigieron su atención hacia el anciano que erguido los observó
lentamente uno a uno.
Jingaro,
sin perder la calma, murmuró. "Tomen lo que desean y dejad mi familia
en paz. Si Uds. rehúsan hacerlo tendré que matarlos". Dos
de los hombres se acercaron ondeando sus espadas sobre la solitaria figura,
pero cuando se encontraban a una distancia adecuada, Jingaro atacó
con su Kusarigama y en forma simultánea golpeó a uno de ellos
en el cuello con la cadena y al otro hirió mortalmente con la hoja
afilada de su Kama (Hoz). Los dos hombres cayeron heridos de muerte y nuevamente
la voz del jefe de los bandidos se escuchó: "Así que eres
un verdadero guerrero. Lamentablemente para tí está demasiado
oscuro y nos hubieras dado muchos problemas de haber contado con la claridad
necesaria. Quedamos cuatro hombres, y todos tenemos excelente vista. Prepárate
a morir anciano." Jingaro
no replicó y se preparó para el siguiente ataque, escuchando
cuidadosamente los movimientos de sus enemigos. Rápidamente tres
de ellos tomaron posiciones rodeándole, él respondió
haciendo girar su cadena; en pocos segundos el extremo de la cadena se
había convertido en un peligroso proyectil que giraba a una velocidad
increíble. Jingaro haciendo un movimiento con su brazo hizo que
la cadena alcanzara a su adversario más próximo, al cual
destrozó la cara, luego saltando al costado, el veterano combatiente
enrolló la cadena alrededor de la espada de uno de los bandidos
y haciéndole perder el equilibrio lo atrajo hacia él, matándole
con la afilada hoja de su Kama. Antes que pudiese retomar su Kusarigama,
el tercer asesino asestó un terrible golpe con su espada en la espalda
del anciano Jingaro, sintiendo que el frío acero invadía
su cuerpo, recorrió a sus muchos años de Yoroikumi-Uchi y
volviéndose rápidamente con un poderoso movimiento envolvente,
con sus piernas derribó a su sorprendido adversario para después,
con veloz movimiento de su corta espada, terminar la técnica abriendo
el cuello a su enemigo. Jingaro cubierto de sangre y mortalmente herido,
enfrentó al líder de los bandidos Monjiro, el cual expresó:
"Has llegado al final del camino, anciano guerrero". Luego montando su
caballo cargó contra el anciano, el cual lo esperaba con su ensangrentada
Kusarigama. Monjiro a medida que se acercaba blandía furiosamente
su espada, pero Jingaro presintiendo el ataque, saltaba en el último
instante, evitando así los terrible golpes; el caballo volví
una y otra vez, pero el anciano, el cual llegando casi al límite
de sus fuerzas, dobló sus rodillas en el suelo esperando el último
y decisivo ataque. Al
verlo arrodillado el bandido se acercó y levantando su espada se
aprontó a descargar el último y mortal golpe. Jingaro decidido
a salvar su familia y su honor de Samurai, reuniendo sus últimas
energías se levantó lentamente del suelo mientras escuchaba
el galope del caballo que se acercaba y en el momento apropiado evitó
el ataque de la espada del bandido; luego con su cadena alcanzó
el brazo del atacante derribándole del corcel y finalmente con un
golpe con la empuñadura de madera de su arma eliminó al último
de sus enemigos. Jingaro
permaneció parado por breves instantes saboreando su más
importante triunfo en su larga y brillante carrera de guerrero. Su hijo,
nuera y nietos que se habían liberado de sus ataduras, lo alcanzaron
en el preciso instante que se desplomaba al suelo. Jingaro trató
de ver el cielo pero solamente vio tinieblas; los nietos lloraban desconsoladamente,
pero el anciano sonriendo, expresó: "Niños, por favor, recuerden
lo que les he dicho, deben de tratar de ver más allá de sus
ojos, cierren los ojos y escuchen mi corazón". Entonces, Jingaro, ese anciano guerrero que había perdido la vista desde hacía más de 20 años, cerró sus ojos por última vez.
Un
joven fue un día a acercarse a un Maestro de Kenjutsu para ser un
alumno. El maestro acepto y dijo: “A partir de hoy, tu iras cada día
a cortar troncos en el bosque y a buscar el agua en el río.” Esto
fue lo que el joven hizo. Depuse de tres años, se dirigió
al maestro y le dijo: “Yo he venido para aprender la esgrima y hasta ahora
ni siquiera pasé la puerta del Dojo...”. “Muy
bien, -le dijo el Gran Maestro-, pues hoy tu entraras.” Sígueme.
Y desde este momento, tu haces toda la marcha alrededor de la sala, pisando
cuidadosamente el borde del tatami pero sin traspasarle jamás... El
discípulo practicó el ejercicio durante un año, al
fin del cual él se encolerizó hasta tal punto que se dirigió
al Maestro y grito: “Me voy, no he aprendido nada del arte que vine a aprender,
me voy...” “No,
-le dijo el Maestro- hoy voy a continuar enseñándote. Ven
conmigo...” El
Maestro llevó al joven frente a una montaña, seguidamente
al borde de un precipicio enorme. Un tronco de árbol estaba haciendo
de puente sobre el vacío... “Pues
bien, pasa para el otro lado”, dijo el Gran Maestro al discípulo,
que estaba lleno de terror. Mirando
al abismo, lleno de miedo y de vértigo, el joven estaba paralizado.
En ese momento llega un ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar,
se mete sobre el frágil pasaje y pasa tranquilamente. No
fue preciso más para que el joven perdiera el miedo y a su vez pasará
rápidamente al otro lado. Su maestro la grita: “Tu dominaste el secreto de la esgrima: abandonar el ego, no temer a la muerte, ser indiferente a las circunstancias adversas. Cortando troncos, desarrollaste la musculatura, marchando con atención al borde del tatami perfeccionaste tu equilibrio, y mira, hoy tu comprendiste el secreto de la “Vía”, creo que serás entre todos el más fuerte... El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido. El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir. La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar. El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país. Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento. En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba. Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía. El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo. El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior... El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente. El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento. Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento. El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja: - Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón. - ¿Por que lo dices? - contesto el primogénito. - Porque al lanzar ese tajo al moscardón no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado. El otro hombre sonrió. - Cierto, ha escapado vivo. Pero no te equivoques... ya no podrá tener descendencia.... Un
samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río.
Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto
bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta,
el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió
el gato en dos. Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento
de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz. Al
entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau. Las
personas con la que se cruzaba parecían decirle miau. La
mirada de los niños reflejaba maullidos. Cuando
se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar. Todos
los lugares y las circunstancias proferían miaus lacinantes. De
noche no soñaba más que miaus. De
día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba
en miau. El
mismo se había convertido en un maullido... Su
estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía,
le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos,
fue al temploa pedir consejo a un viejo maestro Zen. -Por
favor, te lo suplico, ayúdame, libérame. El
Maestro le respondió: -Eres
un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes
vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra
solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora. -Y añadió-:
Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte
el vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus
sufrimientos. El
samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó
para la ceremonia. Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre
sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó
hacia el vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía
su sable. -Ha
llegado el momento -le dijo-, empieza. Lentamente,
el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces,
el maestro le preguntó: -¿Oyes
ahora los maullidos? -Oh,
no, ¡Ahora no! -Entonces,
si han desaparecido, no es necesario que mueras. En
realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados,
miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan
no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau
de la historia Ante
la muerte, ¿qué cosa hay que importe? Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken, su hogar estaba invadido por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas. Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entrenador de gatos. Shoken le dijo, "Préstame tu mejor gato". El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la habitación, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con aquella rata. Shoken consiguió entonces un segundo gato, uno de color jengibre, con un ki increíble y una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una presurosa retirada. Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que los dos anteriores. Shoken consiguió un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era tan fuerte como el gato de callejón o el gato color jengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó,imperturbable, y se mantuvo completamente inmóvil. Un titubeo cruzó la mente de la rata. Se acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente el gato la agarró por el cuello, la mató y se la llevó arrastrando. Posteriormente Shoken fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo, "Cuantas veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearla me rasguñaba; como pudo tu gato negro deshacerse de ella?" El amigo le dijo, "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante seguro de que todos entienden sobre artes marciales". Así que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo, "Soy muy fuerte". El gato negro preguntó, "Entonces por qué no la venciste?" El gato de callejón respondió, "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente". El gato negro dijo entonces, "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se compararon con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y muchas waza, pero la habilidad sola no fue suficiente. De ninguna manera!" El gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer a la rata. Por qué? El gato negro respondió, "Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de él, se transforma en algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con el agua que fluye de una llave; pero el de la rata es como un gran geyser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo." Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con waza y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de victoria), y él también se vio forzado a correr para sobrevivir. El gato negro le dijo, "Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste a la habitación entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste vencerla. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una. "Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconscientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata. "Pero
conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más
fuerte aún que yo. El es muy, muy viejo y sus bigotes son grises.
Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es
fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado,
sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces toma unas gotas de sake.
Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se apartan
de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejadas que nunca
tiene la oportunidad de atrapar ni siquiera una. Un día entró
en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron
en ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Las podía
espantar en sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante.
Deben ser como él: más allá de las posturas, más
allá de la respiración, más allá de la conciencia."
Un viejo
guerrero Samurai , que en su juventud logró sobrevivir a los embates
de diversas guerras entre señoríos, presintió que
sus días en este plano de vida se terminarían , y decidió
dar lo poco que tenía a sus tres únicos hijos , los cuales
también eran samurais , pero de un nivel de pelea muy básico. Como
él presentía que su destino con el TAN TIEN se acercaba decidió
que no sería posible enseñar Kenjutsu por completo a sus
tres hijos y esto lo puso muy triste pues sin duda después de su
partida ellos serían presa fácil de otros guerreros de mayor
nivel. Mientras
se preparaba espiritualmente en meditación para su partida , le
llegó una visión y una forma de dar el último legado
a sus jóvenes hijos. Mientras
hacia un recuento de las posesiones en armas que tenía y al observar
las flechas que había forjado años antes como regalo para
sus hijos, (las flechas tienen una simbología muy particular para
los Japonese pues denotan el vehículo con que se trasladan los deseos
y las metas, y su objetivo es no regresar del lugar donde salieron) así
comparó los deseos que dejaría como último legado
para sus tres hijos. Días
mas tarde convocó a los tres para dar sus bendiciones y para heredarles
lo que les correspondiese a cada uno y durante ese momento dijo : " Se
que ustedes seguirán mis pasos como guerreros y se que aún
son muy jóvenes e inmaduros en las artes del sable , no obstante
que sus técnicas son complementarias y que solo les enseñe
a atacar y no a defender, les tengo una herencia mas por darles . Sepan
que en estas flechas esta el secreto para que ustedes puedan ser invencibles
a pesar de que solo saben técnicas de ataque." Los
tres muchachos se quedaron sorprendidos , se miraban entre si , pues no
sabían como tres flechas habrían de hacerlos invencibles.
El anciano se sonrió y les entregó una flecha a cada uno
de ellos . los chicos las miraron y quedaron mas confusos pues las flechas
no parecían tener alguna cualidad superior y uno de ellos dijo: "Padre
gracias por tu regalo y por entregarnos estas flechas , pero dime ¿Cómo
es que esta simple flecha me va hacer invencible? El anciano
le dijo: "Si
decides romper esta flecha con tus propias manos seguramente lo lograras
sin ningún tipo de problema pero si juntas las tres te será
parcialmente imposible romperlas, juntalas de una sola ves e intenta romperlas
tan solo con tus manos." El chico
comprobó que su padre tenía razón pues a pesar de
que eran simples flechas , estaban hechas de maderas duras y al juntar
las tres no se podían romper . El anciano
sonrío de nuevo al ver que ninguno de los tres pudo romper el grupo
de flechas y continúo diciendoles : "Así
como el estilo de estas tres flechas es el de solamente atacar su objetivo
, el de ustedes es igual, pero pongan atención pues esta es la herencia
más importante que les dejaré. Las flechas son indestructibles
si se juntan pero si se deja una sola cualquiera podrá romperla
, estas flechas representan a sus cualidades y a sus personalidades de
combate , de igual manera , para que ustedes sean invencibles , siempre
deberán pelear juntos y atacando de una manera definitiva y sin
titubear , pues el día que decidan pelear solos será el último:
rota una de las flechas las otras son mas fáciles de romper. Esta
es la manera de que los tres sean invencibles a pesar de que solo saben
ataques y no defensas." Desde
entonces ninguno de los tres hermanos se atrevió a pelear solo y
desde ese momento juntos fueron invencibles. * Este
precepto filosofico comprende la necesidad de estar unido para no ser derrotado. *
"Unidos nos mantendremos a salvo, separados sucumbiremos ".
|